Muchas veces lloré en silencio y otras tantas pasé noches en vela buscando una explicación al abandono, a la falta de apoyo. Llegué a sentirme inútil, pues ni yo misma valoraba todo lo que hacía diariamente, ahora me admiro, admiro tanto aquella niña, que abandonó su juventud para ser mujer. Volvería a hacerlo todo muchas veces, sólo por el hecho de escuchar aquellas sonrisas, del despertar desesperado de mi hijo en la madrugada queriéndo resolver operaciones matemáticas, por admirar el temple de mi hija pequeña y la asombrosa maduréz de las conversaciones de la mayor.
Fué hermoso peinar sus cabellos, enseñarles a caminar, llevarlos a la escuela, admirar cuando manejaron bicicleta, sus travesuras y tantas... tantas cosas.





1 comentarios:
he leido tu historia y me parece en ciertas etapas que me describes a mi.
En mucho nos parecemos, sé que viene lo mejor... Seguire tu historia.
Un abrazo!
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